Síntoma, discapacidad mental y dispositivo institucional*

 

Lic. Ernesto Lentini*

 

En la actualidad vemos prevalecer una concepción según la cual la sustitución de la noción de “discapacitado” por la de “persona con discapacidad” habilitaría el reconocimiento de una dimensión esencial que cierto discurso del déficit tiende a obturar: la subjetividad. Proponemos aquí problematizar este supuesto y sus condiciones de posibilidad, a través de una reflexión sobre el síntoma, las vicisitudes de su despliegue y su apropiación por los saberes que abordan la discapacidad mental.

El recurso a fragmentos del tratamiento desarrollado por dos pacientes en el Centro de Día CETEI nos permitirá analizar cómo operan los distintos saberes en nuestra práctica institucional, a la vez que situar algunas de sus consecuencias.

 

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Silvia ingresa al Centro de Día con 42 años de edad. La información recabada durante las entrevistas de admisión señala que sus padres han fallecido hace tiempo, que convive con una tía y que desde hace más de diez años no recibe otra atención que el control regular de su medicación psiquiátrica. El problema de Silvia, según nos expone su tía, ha sido siempre el mismo: presentar periódicas descompensaciones psíquicas, sin motivo aparente y cuya resolución se da por vía medicamentosa. Pocos meses después de su ingreso, Silvia presenta una nueva crisis y desarrolla, en el curso de dos días, una compleja proliferación sintomatológica de productividad psicótica: delirios persecutorios, intensa ansiedad, autoagresividad, hipocondría, trastornos del sueño. La intervención institucional se dirigió entonces a relativizar ese saber que reducía a una cuestión de dosificación de medicamentos el padecimiento de Silvia; así, establecimos como hipótesis la existencia de una relación entre su desestabilización y un suceso acontecido pocos días atrás, cuando la paciente fue llevada al cementerio para visitar la tumba de su abuela.

Las entrevistas desarrolladas en tal contexto develaron un ocultamiento: en realidad, la madre de Silvia vive (se trata de una persona psicótica y con episodios reiterados de abandono). Pero para que Silvia dejara de requerirla, sus familiares optaron hace algunos años por decirle que había muerto. Puede así advertirse de qué modo la situación de duelo ante la pérdida de su abuela acredita ese otro duelo impedido en relación a su madre, y Silvia encuentra en la salida psicótica el marco para una pregunta que no puede formular sino al costo de su propia desubjetivación dentro de un discurso alienante.

 

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César ingresa al Centro de Día a los 19 años, tras haber sido expulsado de un dispositivo institucional para jóvenes con retraso mental por presentar graves desórdenes de conducta. Tras una evolución favorable, ciertos estudios médicos señalan la urgencia de realizar una intervención quirúrgica, a fin de extirpar un tumor que podría comprometer su capacidad auditiva. No obstante la implementación de diferentes recursos que permitieran al paciente afrontar dicha operación en las condiciones de mayor contención, César comienza a evidenciar una creciente impulsividad, agresividad y un intenso malestar. Luego de una operación relativamente exitosa, su posición se agrava y muestra los rasgos más críticos de su sintomatología: hay días en los que César requiere ser acompañado en forma permanente por un integrante de nuestro equipo en un deambulaje incesante, en el cual provoca y agrede a distintos integrantes de la institución; evidencia también una sensible limitación de su potencial de acción en las actividades y un marcado declive en su producción discursiva y simbólica. Ciertos saberes comienzan a entrar en escena: algunos, sugiriendo el recurso a medicación; otros, instalando la posibilidad de una internación; otros, finalmente, señalando que en algunos cuadros, intervenciones ligadas a lo real del cuerpo suscitarían desestabilizaciones en la estructura psíquica.

Poner en suspenso la supuesta implicación del síntoma en el cuadro, a la vez que sostener la tensión de su despliegue, permitieron a César articular otra dimensión de su padecer y relatar que sufría, desde hace tiempo, abuso sexual por parte de un familiar.

 

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En la estrategia del tratamiento institucional de ambos pacientes interviene una concepción acerca del sentido del síntoma y de su relación con el diagnóstico de discapacidad mental. Posición que, según nuestro criterio, exige cuestionar el supuesto de la discapacidad como determinante de la sintomatología del sujeto, y que tiene por condición de posibilidad el rechazo de una lógica del saber que aquí designaremos como discurso del déficit. Analicemos entonces algunas de las premisas que condensa ese saber centrado en torno del déficit que, como vimos, no es patrimonio exclusivo de una disciplina profesional, sino más bien un componente regular del imaginario existente acerca de la discapacidad.

Foucault postula que entre saber y poder no existe relación de exterioridad; Bourdieu, por su parte, describe la presencia sutil del racismo de la inteligencia en el saber de la ciencia: sostendremos aquí que el discurso objetivante del déficit actualiza de modo acrítico dichas premisas, por cuanto opera sobre una entidad a la que caracteriza tanto por el no saber como por el no poder, al tiempo que instaura una asimetría decisiva desde la cual abordará la discapacidad mental recurriendo a una mirada naturalista.

Es por ello que en el discurso del déficit prevalece la tendencia a degradar y neutralizar el síntoma, situándolo como derivación de la categoría diagnóstica que fija su sentido: el síntoma se presenta, de este modo, como signo de la discapacidad mental. Su consecuencia inmediata es la sustracción del estatuto de mensaje a la producción sintomal, dado que el predominio estructural atribuido a la configuración deficitaria hace del síntoma tan sólo la instancia de su acreditación.

Se trata de un enfoque esencialista que, al postular la primacía de la discapacidad mental en la productividad del sujeto, establece una serie de causalidad y una lógica de determinación, leyendo así los síntomas o trastornos del sujeto como nuevo testimonio de una operatoria fallida ya detectable como dato de estructura. Al prescindir de cualquier interrogación acerca de la singularidad, de la contingencia, esta perspectiva hace de la discapacidad mental una entidad autoevidente, y de la tautología el mecanismo privilegiado de su descripción.

Aquí la subjetividad se cierra sobre sí, la discapacidad inscribe un efecto de totalización y la persona con discapacidad mental es percibida, así, toda ella fallada. La matriz epistemológica de este enfoque excluye de este modo las condiciones de aparición de lo inesperado, de lo disruptor, pues el registro de que “algo le sucede a este sujeto” no tiene posibilidad de advenir en la experiencia terapéutica, sino que es el punto de partida: es lo que ya se sabe. Y es ese saber anticipatorio, totalizante, esencialista, tautológico, el que sustenta la orientación de la intervención: corregir, rehabilitar, reeducar, promover conductas adaptativas, inhibir comportamientos disfuncionales son la expresión de su vigencia, pero también -y en no menor medida- el lugar desde el cual somos interpelados en nuestra tarea cotidiana, tanto por los familiares de nuestros pacientes como por sus médicos de cabecera y por los distintos profesionales (de su obra social, de los organismos oficiales, etc.) implicados en el monitoreo y seguimiento de su programa de atención.

 

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La crítica de los efectos objetivantes de ciertas concepciones acerca de la discapacidad mental permite denunciar sus consecuencias iatrogénicas, a la vez que reivindicar en la persona con discapacidad su condición de sujeto. Esta crítica ha mostrado una creciente gravitación dentro de nuestras instituciones; sin embargo, la generalizada adhesión a sus slogans no ha sido acompasada por transformaciones de similar relieve. Procuremos pues profundizar los alcances de esta revisión.

Este imaginario posibilita la impugnación del saber de ciertos especialistas, así como también de determinadas figuras parentales, según una misma matriz: la denuncia del efecto de alienación que conlleva la reducción del sujeto a las coordenadas de su déficit. Sin embargo, encontramos frecuentemente que este movimiento sirve tan sólo a la legitimación e idealización de las condiciones de desenvolvimiento de la propia práctica.

Según nuestra lectura, esto se debe a que se ha podido cuestionar la naturalización del trastorno, pero no todavía la de los procesos de su institucionalización; entendemos que no basta con reivindicar la necesidad de reconocer un sujeto allí donde el discurso del déficit no puede ver más que un objeto de su saber, si no se interroga el proceso por el cual ese sujeto es institucionalizado por “portación de diagnóstico”. Y esto no se produce mediante la instalación de una relación idealizada entre profesional y paciente, sino a través de la autoimplicación de la propia praxis en los procedimientos y dispositivos de abordaje de la discapacidad mental; sólo así puede habilitarse la apertura al análisis y la elucidación acerca de la noción de sujeto que nuestros saberes construyen, de la posiciones asumidas por los profesionales y las instituciones y de las consecuencias de su intervención.

 

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Bibliografia consultada

Aulagnier, P.: La violencia de la interpretación. Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1991.

Bourdieu, P.: Cuestiones de sociología. Ed. Istmo, Madrid, 2000.

Castel, R.: La gestión de los riesgos. Ed. Anagrama, Barcelona, 1984.

Castoriadis, C.: El psicoanálisis, proyecto y elucidación. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1998.

Clavreul, J.: El orden médico. Ed. Argot, Barcelona, 1983.

Cordié, A.: Los retrasados no existen. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1994.

Foucault, M.: “Los anormales”; en La vida de los hombres infames. Ed. Altamira, La Plata, s/f.

Foucault, M.: Microfísica del poder. Ed. de la Piqueta, Madrid, 1979.

Jerusalinsky, A.: Psicoanálisis en problemas del desarrollo infantil: una clínica transdisciplinaria. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1988.

Mannoni, M.: El niño retardado y su madre. Ed. Paidós, Buenos Aires, 1997.

Mannoni, M.: El psiquiatra, su loco y el psicoanálisis. Ed. Siglo XXI, México, 1998.

Stevens, A.: “Tres lugares del saber en la institución”; en Niños en psicoanálisis. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1989.


 

* Trabajo presentado en el IV Congreso Internacional de Educación Especial y XIII Jornadas de Cátedras y Carreras de Educación Especial (San Luis, octubre de 2004) y que sintetiza y retoma algunos planteos ya contenidos en “Los saberes y sus efectos en el campo de la discapacidad mental” (publicado en “El Cisne” de Enero 2004, Año XIV, Nro. 161).

* Lic. en Psicología UBA. Mgter. en Ciencias Sociales FLACSO. Director Terapéutico del Centro de Día CETEI.